lunes, 24 de noviembre de 2014

El suicidio como enigma

El suicidio como enigma
Ps. Soledad Ruiz – Mat. 6848

El suicidio es un acto por el que un sujeto se provoca la muerte. Ahora bien, ese sujeto ¿toma esa decisión de manera deliberada?
El suicidio provoca el enigma en su grado máximo, no podemos dar cuenta de él. No hay recursos simbólicos ni imaginarios que nos permita entender la causa que lleva a un ser humano a quitarse la vida. El acto suicida provoca esa angustia radical del sinsentido en aquellas personas que sufrieron una pérdida de este tipo.
Juan Carlos Pérez Jiménez en su libro “La mirada del suicida; el enigma y el estigma” dice; “Nuestra humana incapacidad para entender un acto tan radical es precisamente lo que nos mantiene vivos… El suicidio no es solo una forma de morir, es una acusación. Y en la incapacidad para replicar con la que nos deja el suicida radica la clave de la potencia del acto. El desamparo es absoluto en tanto que se plantean preguntas que jamás obtendrán respuesta.”
Lo que Freud llamaba el enigma del suicidio, en momento ya avanzado de su obra, se reduce a que, de las múltiples significaciones que el análisis encuentra, no puede hacer de ninguna de ellas la significación privativa del suicidio.
No puede haber una teoría psicoanalítica del suicidio (otra cosa es una interpretación), y en tanto el analista no construye un saber sobre el otro, sino que está implicado en una práctica que procura dialectizar las relaciones del sujeto con los significantes de su historia, ¿cómo dejar de introducir los nombres propios? Pero al revés, basta mencionar alguno para que la significación que pueda despejarse sea inherente a los valores que estructuran ese nombre como historia. Y sin embargo, cuando el suicidio es un acto en el sentido estricto que Lacan le asigna, resulta un retorno de lo que el mismo Lacan define como operación del nombre propio.
En “Más allá del principio de placer” Freud plantea que el aparato psíquico tiene como tarea fundamental reducir al mínimo la tensión, queda subsumido a la pulsión de muerte, es decir, a la tendencia general de los organismos no ya a reducir la excitación vital interna, sino a volver a un estado primitivo o punto de partida: a la muerte.
Freud plantea que más allá del principio del placer está la aspiración al reposo y la muerte eterna. La pulsión de muerte es un concepto que fue constantemente reafirmado por él hasta el fin de su obra. Con esta nueva teoría de la mezcla y desmezcla de Eros y la pulsión de muerte, Freud es capaz de explicar una variedad de manifestaciones clínicas, como la conducta agresiva, la autodestrucción, la ambivalencia, el sentimiento inconsciente de culpa y la reacción terapéutica negativa. Siempre que haya mezcla pulsional, la pulsión de muerte será llamada pulsión de destrucción (cuyo camino es marcado por el odio) y se regirá bajo la égida del principio de placer. La mezcla pulsional tiene que ver con la trenza que se da entre pulsión de vida y pulsión de muerte. Y en la desmezcla también podemos situar un goce que puede llegar a ser mortífero.
El deseo de muerte está ligado a la agresión que alguien ejerce sobre sí mismo, en un acto que parece pretender terminar con un sufrimiento intolerable para el sujeto.
El acto, en cualquiera de sus formas, se sitúa por fuera de la dimensión del lenguaje. Es decir que la angustia no puede ser tramitada por la vía del síntoma o por el pensar.
Lacan habla del pasaje al acto pasaje al acto, como un movimiento de salida de la escena, suponiendo el sujeto que no hay Otro que lo sostenga en su angustia. Hay un intento de salida de la red simbólica hacia lo real, como en la fuga y el vagabundeo. Lacan lo caracteriza, en su Seminario 10 como “...salida vagabunda al mundo puro...”.
 En el pasaje al acto suicida, el sujeto intenta liberarse de los efectos del significante y lo logra con su muerte, porque el único acto exitoso, dice Lacan, es el acto suicida logrado o consumado.
Lacan en el Seminario 5 dice, “Él (el sujeto) es abolido, es más signo que nunca, por la sencilla razón de que es precisamente a partir del momento en que el sujeto está muerto que se vuelve un signo eterno para los demás, y los suicidas más que otros. Es precisamente por eso que el suicidio tiene a la vez esa belleza aterradora que lo hace tan terriblemente condenado por los hombres, y esa belleza contagiosa que hace que las epidemias de suicidios sean algo que en la experiencia es todo lo que hay de más dado y de más real”.
Se podría pensar que la muerte propia es muerte de Otro, porque con lo que se propone terminar a través del acto es con la palabra que provoca angustia o desesperación o deja al sujeto en la más desvastadora o mortífera desolación. “No querer saber más nada…”, “no querer escuchar”, o “no querer pensar más” es lo buscado en el intento de suicidio, desde las expresiones que en la clínica encontramos en entrevistas con sujetos que recurren al acto que por alguna razón falló y no llegó a la muerte.
         Continuando con esa línea de pensamiento, Lacan en cuanto al tema, sostiene que en el intento de suicidio el sujeto pretendería rechazar el lugar simbólico en el cual el Otro lo ubicara. En el pasaje al acto suicida habría desestimación de la red simbólica a través de la acción, desprendiéndose del lazo social, quedando el sujeto como puro objeto, cayendo como objeto a, como resto.
         El suicida pretende escapar de ese Otro que lo ubica en una trama simbólica. Escapar a través del pasaje al acto, separarse de ese Otro con su propia muerte, ofreciendo su desaparición como sujeto, con un contundente “¡Basta!”.

Bibliografía:

Freud, S. (1920/1985). Más allá del Principio de placer, Obras Completas, tomo XVIII. Argentina. Editorial Amorrortu.

Lacan, J. (1957): Seminario 5. “Las formaciones del inconsciente”. Bs. As. Editorial Paidós.

Lacan, J. (1962): Seminario 10. “La angustia”. Bs. As. Editorial Paidós.

Pérez Jiménez, J. (2011): “La mirada del suicida: enigma y estigma”. Editorial Plaza y Valdez.






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